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Entre los escombros

Naldy Rodríguez 

México y Veracruz se encuentran sumidos en una espiral ascendente de violencia. Y los xalapeños se estremecen con escenas cada vez más cruentas. Balaceras, levantones y ejecuciones a plena luz del día. Dicen que son malos o que estuvieron en el momento inadecuado, lo cierto es que son constantes.

“Herencia maldita”, señalan algunos. No lo sé, lo que sé es que el Estado no garantiza el derecho a la libertad, a la integridad física, a la identidad y menos a la justicia de los ciudadanos.

Las tendencias de la criminalidad señalan que cada vez son más jóvenes los delincuentes. Un estudio presentado –en la Universidad de Xalapa- por la investigadora y académica Linda Castro Gaínza advierte que en el 2006, la media de edad para delinquir era de 26 a 35 años de edad y ahora el promedio es de 19 años de edad. Lo más alarmante es que se documentaron casos de 8 a 10 años.

La investigación también revela que existe mayor crueldad y muestras evidentes de tortura por parte de quienes se dedican a las actividades ilícitas en nuestro México lindo y querido.

Además existe una diversificación de la carrera delincuencial en muy corto tiempo, es decir, si empezaron con asalto a transeúntes escalan pronto a robo a casa habitación, pasando por la  extorsión y el secuestro con violencia.

Debido a la tecnología, existe ahora mayor sofisticación de procesos de lavado de dinero, robos cibernéticos, clonación tarjetas y espionaje en detrimento de los ciudadanos,explicó la conferenciante.

Para la doctora en Defensa y Seguridad Nacional por el Centro de Estudios Superiores Navales-Semar-Armada de México, investigadora de El Colegio Veracruz por cierto, los menores de edad que delinquen no han visto satisfechas sus necesidades. Se trata pues de un problema transversal “que debe mirarse desde una perspectiva holística”.

Desde mi perspectiva, sociedad y Estado, estamos desdeñando el problema de la delincuencia juvenil. No veo políticas públicas ni acciones coordinadas para alejar a los menores de edad de las calles y de los grupos organizados. Éstos últimos sí los están “atendiendo”.

Mientras los veracruzanos atisbamos la violencia, a 531 kilómetros de ésta capital, la desgracia se extiende hacia un bello pueblo de profundas raíces indígenas, Juchitán, Oaxaca.

Entre los escombros de su palacio municipal  un hombre recoge la bandera de México (intacta tras el sismo de 8.2 grados Richter) y la coloca en la parte superior. La escena parecía sacada de una película, por lo que recorrió las redes sociales y noticieros del país.

Rescatemos a México desde los escombros y coloquemos los valores patrios de libertad, independencia y justicia muy en alto…

 

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